Ya no pido nada a Dios, hace años deje de hacerlo, no sé si porque nada me falta o porque los años, la filosofía o quizá la verdad me alejaron. No tengo la necesidad de hacerlo, no fluye en mi memoria ninguna oración, ni cuando estuve a punto de morir ni cuando estuvo a punto de morir nuestra madre, Dios no apareció en ninguno de mis pensamientos. Hoy que estoy muda, pensé en él, lo hice por ti, primero pensé en un genio que me concediese los 3 deseos; los tres serían para ti, luego mi memoria se remontó a lo conocido a la niñez, a lo sencillo, esa niña pediría a Dios que te mirases como yo te veo, que te mirases valiosa, grande, hermosa, que tu sonrisa cuando yo la veo me deja un halo de felicidad de que todo está bien, quiero que sientas eso cuanto te rías, para que así lo hagas a diario, cada quince minutos hasta que te vuelvas adicta a tu sonrisa, hasta que dibujes flores y pintes como estaban destinadas tus manos, que cuando algo te haga daño digas «NO» sin vuelta atrás, y que cuando te equivoques regales un dibujo de paz. No creo que se cumpla, pero por las dudas, como decía nuestra abuela: no hay que creer ni dejar de creer. Le recito esta poesía a él.
Recordando este lindo poema, y esos momentos en los que compartía con mis lectores.
Siempre me emociona realizar conversatorios con alumnos que han leído mi libro, compartir con ellos inquietudes, escuchar sus criticas y sus ideas creativas para que Margo (personaje de mi libro «Prejuicios rotos») vuelva a tener vida.
Pero algo me sorprendió en el conservatorio de ayer sábado, un alumno mientras realizaba el conversatorio me hacia un hermoso regalo, y es que me escribió un poema basado en las respuesta que les di a la pregunta de cómo había surgido mi arte.
Dejo este linda poesía para que la disfruten (adjunto la imagen de la poesía de su puño y letra).