Ya no pido nada a Dios, hace años deje de hacerlo, no sé si porque nada me falta o porque los años, la filosofía o quizá la verdad me alejaron. No tengo la necesidad de hacerlo, no fluye en mi memoria ninguna oración, ni cuando estuve a punto de morir ni cuando estuvo a punto de morir nuestra madre, Dios no apareció en ninguno de mis pensamientos. Hoy que estoy muda, pensé en él, lo hice por ti, primero pensé en un genio que me concediese los 3 deseos; los tres serían para ti, luego mi memoria se remontó a lo conocido a la niñez, a lo sencillo, esa niña pediría a Dios que te mirases como yo te veo, que te mirases valiosa, grande, hermosa, que tu sonrisa cuando yo la veo me deja un halo de felicidad de que todo está bien, quiero que sientas eso cuanto te rías, para que así lo hagas a diario, cada quince minutos hasta que te vuelvas adicta a tu sonrisa, hasta que dibujes flores y pintes como estaban destinadas tus manos, que cuando algo te haga daño digas «NO» sin vuelta atrás, y que cuando te equivoques regales un dibujo de paz. No creo que se cumpla, pero por las dudas, como decía nuestra abuela: no hay que creer ni dejar de creer. Le recito esta poesía a él.
Nada es más grande que la noche
El silencio desborda
Los más íntimos secretos
De una absorbida vida
Se escapan entre sueños
Que han quedado en el olvido,
Ocultos, tan negros como la noche
Se escaparon, ya nunca volverán.
Añoranza perpetúa
Es lo único que espera
Al otro lado de la noche;
El día.
Pasan por los ojos
Como desfiles de carrozas
Metas atrasadas
Soslayo de vida
Algo se revuelve a tu lado
Los ojos se cierran
Fingiendo el sutil sueño
Que hace días no existe
El espejo; amigo sincero,
Descubre tus ojos cansados
Las líneas de expresión marcadas
Tú agarras tu maleta y enfrentas;
El otro lado de la Noche.
con sus cuencas vacías. Los pájaros pueden alojar la delgadez
de la violencia entre patas y picos. La guerra fría
tiene su mano azul y mata.
La niñez, aquella de los cuidados cabellos de vidrio,
no la hemos conocido. Nosotros nunca hemos sido niños.
El horror
asumió su papel de padre frío. Conocemos su rostro
línea por línea,
gesto por gesto, cólera por cólera. Y aunque desde las colinas admiramos el mar
tendido en la maleza, adolescente le blanco oleaje,
nuestra niñez se destrozó en la trampa
que prepararon nuestros mayores.
Hace ya muchos años
la alegría
se quebró el pie derecho y un hombro,
y posiblemente ya no se levante, la pobre.
Mirad.
Miradla cuidadosamente.
Desde niña estuve interesada en el mundo de la literatura, en la pequeña ciudad donde crecí se hablaba con frecuencia de este gran poeta «Roberto Sosa» quien era originario de mi querido pueblo Yoro, Yoro. Cuando pasaba frente a su casa familiar imaginaba su vida de infante. Mi abuela frecuentaba a su hermana que vivía en la casa familia de los Sosa y yo con curiosidad evaluaba cada rincón de aquella casa. No me era permitido meterme en conversaciones de adultos, así que sentada en un rincón mientras mi abuela hacía su visita esperaba ansiosa que saliera a relucir el tema del gran poeta quien en 1990 el gobierno de Francia le otorgó el grado de Caballero en la Orden de las Artes y las Letras.
En la adolescencia me atreví a hacer su bibliografía, así que decidí presentarme a la casa de él y hablar con su hermana. Roberto Sosa ya vivía en la ciudad capital de Honduras «Tegucigalpa» con cuaderno y lápiz en mano hice toda clase de preguntas, todas las que tenía pendientes, su hermana una mujer humilde y colaboradora satisfizo todas mis dudas.
Mi poema favorito de él es «Los pobres» que ya he publicado con anterioridad.