
No hace falta un «se vale soñar»
Cuando podemos soñar y hacerlo realidad
Hace falta soñadores que sueñen, que sus sueños pueden convertirse en realidad.

No hace falta un «se vale soñar»
Cuando podemos soñar y hacerlo realidad
Hace falta soñadores que sueñen, que sus sueños pueden convertirse en realidad.

A orillas de las aguas recogidas en la luz regular del suelo unidas como si juntas siempre caminaran, solas, parecería que se amaran, en la sal de la espuma con estrellas, sobre la arena bajo el sol las huellas de nuestros pies desnudos tan lejanos, y mudos. Dejando una promesa dibujada nuestra voz entretanto ensimismada se divide en el aire y atraviesa la azul crueldad de la naturaleza mientras solos cruzamos la playa y nos hablamos.
Su nombre era Silvina Inocencia Ocampo, y fue una reconocida escritora argentina, que supo romper convencionalismos de la época y volver ordinario lo extraordinario. Se asocia su nombre al de Jorge Luis Borges, el precursor del boom latinoamericano, ya que era su amiga. Su marido, el escritor Adolfo Bioy Casares, era un gran amigo del autor de Ficciones.
Desgraciadamente, durante mucho tiempo su obra fue opacada por ambos y por su hermana Victoria. Pero en la actualidad, se reconoce su grandeza como escritora, y se ha vuelto una de las fundamentales de la literatura argentina.
En su obra poética (ya que se destacó también como narradora) encontramos que estuvo apegada al principio a la forma clásica de hacer poesía. Pero más adelante, en los versos de su último tiempo, supo encontrar un estilo propio que fue reconocido como genial.
Las poesías de Silvina muestran un poco la relación con su marido, al que amó profundamente. En esta que acabamos de leer, me gustó mucho la descripción que realiza del entorno. Con pocas palabras nos hace ver la imagen de las huellas como una metáfora de un camino recorrido juntos (“como si juntas por siempre caminaran”).
Si observamos bien, ella traslada sus sentimientos a las huellas, diciendo que pareciera que ellas “se amaran”. Y aunque la figura de unas huellas en la arena nos hace pensar en algo que es efímero y desaparece, el amor que se demuestran es lo que queda, y eso es eterno.
De fondo existe una promesa mutua, un diálogo amoroso, que frente a “la azul crueldad de la naturaleza” no tiene temor. Porque todo podrán atravesarlo juntos, sin miedo de lo que pueda acontecer. Nada más existe y nada más importa, porque ellos atraviesan la playa “solos”. ¿Acaso existe algo más alrededor cuando estamos enamorados?
Quería hacerles conocer este poema y a esta autora, para que busquen la oportunidad de leer más de su obra. Mientras tanto, ¿qué te pareció esta poesía? ¿Sintieron alguna vez lo mismo que Silvina? Los leo en los comentarios.

Un niño, frente a mí, va mirando el paisaje;
sus ojillos descubren las flores campesinas,
y como el tren se lanza por valles y colinas
este niño se llena de emoción en el viaje.
Silabea palabras que apenas oigo, asombra
ésta mirada suya penetrante y tranquila,
se dijera que ansía que su clara pupila
aprisione los bellos pormenores que nombra…
Los demás, abstraídos, el paisaje olvidamos.
El pensamiento nuestro cesa de hilar, reposa…
Yo me he dicho ante el niño que admira el cielo rosa:
él es el más poeta de los que aquí viajamos.
Una figura un tanto desconocida entre los escritores latinoamericanos es la de Francisco López Merino. Este autor argentino, amigo de Jorge Luis Borges, ha pasado desapercibido debido a que tiene una producción poética muy breve. El motivo de esto es que partió de este mundo a una edad muy temprana, suicidándose con apenas 23 años.
Comenzó su producción a los 16 años de edad, pero autocensuró su primera obra. Luego, continuó publicando sus poemas en diarios y revistas del país. Junto con otros jóvenes, formó parte del “Comité Yrigoyenista de Intelectuales Jóvenes”, siendo su presidente Jorge Luis Borges.
A pesar de ser escasa su producción, ha impactado fuertemente en el ámbito literario de la época. Es por esto que perdura hasta hoy su memoria.
El poema que acabamos de leer nos lo pinta de cuerpo entero. Allí donde otros pueden ver una escena de lo más corriente, el ojo creativo de Francisco (o Panchito, como le decían) puede observar un alma en estado contemplativo.
Es fácil advertir que su espíritu joven tenía una agudeza mental inclinada hacia la sensibilidad. Quizás esta inclinación lo hizo también más indefenso ante el dolor, llevando su vida a tan trágico final.
El mérito de este poema es que se nota que está basado en una vivencia real del artista. El observó en persona cómo un niño se extasía ante el paisaje campestre y trata de aprisionar en su mirada todo aquello que ve por la ventana del tren. En la descripción que realiza casi podemos ver frente nuestro al niño nombrando para sí las novedades que le trae ese viaje.
Quizás nosotros también deberíamos observar más. Esa fue la reflexión que primero vino a mi mente: el mundo es poesía en sí mismo. Nosotros, por la ceguera de lo cotidiano y a diferencia del niño, nos olvidamos cómo se leía.