
Ya nada queda del murmullo que encendía la hoguera Las voces silentes se disipan; la llama se vuelve cenizas Entre la multitud se agitan los desamparados Nadie los observa; sus voces y su presencia no coinciden Caminan con pasos cansados, sus labios solo saben monosílabos Creen que no tiene derecho a soñar, y agradecen la miseria que otros con segunda intención les ofrecen sin mirarlos Se alegran y rezan por una acción denigrante Es posible que mueran en el silencio inexistente de sus propias vidas y aún así, recuerden con gratitud. Elia Santos 2020

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