
Al atardecer, como era costumbre, parada frente al fogón cruzó sus brazos hacia atrás, mientras esperaba el silbido del agua hirviendo, callada, en el silencio del viento escuchaba sus pensamientos, tan ácidos, agridulces, sombríos, era ella el alma más marchita que había presenciado y al mismo tiempo el alma que más ansiaba absorber, tenía un tinte negruzco que olía a nostalgia, toda su vida había olido a muerte, más ese día olía a vida, mi forma pútrida exhaló ese aroma tan suave, mientras le desprendía el alma sin culpas, la besé en los labios y alcé vuelo con ella.

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