Por motivo del pronto lanzamiento de mi libro infantil «John Dann y la chispa de luz» fui a hacerme la fotografía para la nota de autor, siempre me las ha tomado mi marido o una amiga muy especial, pero para este libro quería una foto profesional.
Buscando en la web di con el estudio de Marisol, en Ávila, así que luego de leer las reseñas y hablar por teléfono con ella, concertamos la cita. Pensé que solo me iba a sentar en una silla y ya. Pero no fue así, hizo varios escenarios e incluso me dio más fotografías de las que necesitaba. Al comentarle mis futuros proyectos su creatividad y profesionalismo se hicieron notar.
Cada día estoy más agradecida y convencida que hay mucha gente bondadosa y con ganas de apoyar.
En un pueblo vaciado vivían Domingo y Pilar, un matrimonio de setenta y un años de casados, no habían tenido la bendición de tener hijos y sus cuerpos ya marchitos y cansados ansiaban la muerte con desespero, se amaban como nunca. Su matrimonio había tenido algunos altibajos por la década de los setenta, noventa, ambos se reían al evocar tales tonterías. Ahora para ellos era una simplicidad de la vida sin ninguna importancia. Pilar no tenía a quien contarle sus confidencias, sus amigas ya no existían en forma humana en este mundo, existían en algunas fotografías y sobre todo en sus recuerdos, y Domingo no tenía con quien jugar al ajedrez o hablar sobre política, su mujer no era la mejor en esos temas.
Ambos por separado tenían el inmenso miedo de que uno se muriera primero dejando al otro solo quizás por varios años, Domingo tenía la costumbre de despertarse temprano y Pilar lo hacía más tarde, a Domingo eso le causaba mucha angustia, pues muchas veces acudía al cuarto de su mujer para ver si aún respiraba. Pilar se dormía ya pasada la media noche y observaba a su marido mientras dormía, se imaginaba que quizá un día ya no lo haría y dormiría sola.
Cierta tarde a la hora del café, ambos hablaron de sus miedos.
—No te preocupes Pilar, he estado pensando en una solución.
—¿Cuál sería? —preguntó Pilar con curiosidad. Ella sabía que no existía solución alguna, pues nadie puede controlar el futuro.
—Nada mujer bobadas mías —dijo Domingo. Su mujer no aceptaría jamás lo que él iba a proponerle así que planeo hacerlo solo.
A la mañana siguiente, preparo el zumo de naranja que tanto le gustaba a Pilar y le agregó una sustancia según el de liberación «veneno» dividió el zumo en dos vasos. Espero a que ella se levantara y así tener su último desayuno juntos. Cuando Pilar acudió a la cocina, la mesa estaba colocada y ella sorprendida agradeció con mucho sentimiento aquel detalle de su marido.
—Lo había olvidado hoy es nuestro setenta y un aniversario de bodas.
—Lo sé, hace años que no lo celebramos y hoy te daré el mejor regalo.
Cuando terminaron de desayunar ambos se sentaron en el mueble de la sala, Domingo abrazó a su mujer, quería morir abrazándola. Y así sucedió, Pilar se fue del mundo junto con su marido.
¡Vaya sorpresa! Domingo se enteró que no podía alterar el futuro, aún no era su hora, y se encontró deambulando en su casa a oscuras sin necesidad de comer ni dormir, su mujer no estaba. Domingo no pensó en las consecuencias de un suicidio.
Era un pueblo árido, olvidado por los hombre, y según algunos pobladores olvidado también por Dios, ya nadie se atrevía mirarse a los ojos, mucho menos darse la mano, caminaban como autómatas al ritmo del silencio, tenían vergüenza de sus vidas.
¿Tiene ritmo el silencio? -Se preguntó Luis mientras observaba la tarde parsimoniosa número catorce mil novecientos de su vida, desde la ventana enmohecida llena de polilla de su pequeña sala, él había tenido la osadía de observar a cada persona de aquél mísero pueblo y escribía, cada palabra salía a cuenta gotas, mudo en el silencio de palabras sus manos contagiadas se entumecían, cada personaje de su obra no tenia voz ni estructura, cada tarde observaba la calle y al caer la noche cerraba tembloroso las páginas en blanco de su libro, siempre leyendo el titulo que tantos años le había llevado escribir; «El silencio y la soledad»
He traído estos versos de Ron Lorent (Ronaldo Tinoco Ríos) de Ecuador, es todo lo que sé de él. Lo conocí en las redes sociales desde hace ya algún tiempo, instagram y twitter, siempre me detengo a leer versos o relatos de autores desconocidos, me gusta analizar sus versos, y más aún que me sorprendan con alguno de ellos.
Este en particular «chicas raras» me ha parecido interesante e inquietante, me gusto el comienzo pero el final me dejó pensando, a veces la forma en que nos analizan los hombres me resulta interesante. Según mi opinión a veces creo que aciertan a veces no, aunque depende bastante si hay una persona específica lo que le inspira a escribir los versos.
El título «chicas raras» lo hace de una forma general, por lo que siento que lo escribió para un determinado grupo de chicas y no a una en especifico, quisiera pensar que todas las mujeres somos una «chica rara» es porque no arriesgamos y reímos todo el tiempo, en fin…
El final que dice; hasta que te encuentres un poco más fuerte, un poco más guapa me dejo pensando, bueno creo que una chica rara así como la describe en sus primeros versos siempre será fuerte y guapa.
—Tu ansiedad es sin duda consecuencia de tus preocupaciones, te preocupas mucho por el futuro.
«Vaya, ya lo sabía»
» ¿Qué haces durante el día?
—Estudio, la mayor parte del tiempo, en mis horas de descanso, miro alguna serie, leo un poco.
—¿Haces alguna actividad que te relaje?
—Escucho música, voy de tiendas, veo películas.
—¿Cuántas horas al día estudias?
—Diez horas, usted entiende como médico, tengo que estudiar bastante.
—¡Vamos! Pero tienes que dejar tiempo para el ocio.
Me quedé en silencio, todo lo que me decía ya lo sabía, empezaba a estar incomoda, era mi primera vez en el psiquiatra, buscaba ayuda para mi ansiedad.
» Dime, si pudieses alargar un día sin que nadie se diese cuenta, por ejemplo, convertir un día a cuarenta y ochos horas ¿qué harías?
—Leería—respondí sin dudarlo. Mientras pensaba en los libros que leería en esas 24 horas extras, quizá por fin terminaría de leer «Guerra y paz» de León Tolstóio podría terminar aquella saga que había empezada hace dos años. En mi biblioteca de Kindle tenía un libro que se llamaba «Milena o el fémur más bello» creo que así se llamaba, tenía buenas reseñas, o si sale a la luz por fin el nuevo libro de George R.R Martin. Incluso podría sacar de la biblioteca un libro que me había llamado la atención «Cartas de amor de grandes hombres.»
—¡Vamos! No todo en la vida es estudiar, podrías ir a tomarte una caña con tus amigos, ir a un bar, convivir con más gente.
«¿No se suponía que nadie se daría cuenta? Qué sentido tendría entonces salir con amigos, a no ser que cayera en un agujero negro, regresaría como si nada, pero entonces, yo no me habría dado cuenta y no haría nada, los demás estarían preocupados, estaba realmente confundida, o quizá ellos caería en un agujero negro, tampoco tenía mucha lógica, porque no pasaría tiempo con ellos»
—Tiene razón Doctora, lo mejor sería convivir con mis amigos —dije al darme cuenta que ella no comprendía lo imaginativa que podía ser en algunos temas y quizá ese era mi principal problema. Lluvia de ideas y pensamientos.
Vuela el tiempo con alas multicolores
Dejando fragancias de diferentes aromas
No se detiene, no admira la inmensidad
Le gusta viajar rápido, sin maletas ni despedida
Si pudiese detener unos instantes
O lo que es mejor, convertir horas en días
Imagino disparates, lo sé
Quién piensa en detener el tiempo
Pero y si se pudiera, qué haría
Empieza la lista mental...
Es innumerable
Sin duda leería libros.
Elia Santos
Comparto esta entrada porque soy amante de los gatos, su curiosidad, su pulcritud y muchas veces su orgullo me encanta, no son iguales a los perros, pero si tienes paciencia puedes jugar con ellos por mucho tiempo, claro, el juego será completamente distinto, te persiguen o se esconden simulando una cacería, no será el típico juego de que lanzas la bola y ellos van a por ella y te la dan de regreso para que la vuelvas a lanzar, no, ellos irán a por la bola y la protegerán de ti, por que esa bola es su presa.
Mi gato llamado Tom, toncho, tonchito, culo flaco (por mi marido) y cuando no responde por ninguno le llamo «gato». Ha sido criado en un piso; encerrado, ajeno al mundo exterior, así que el pobre si la suerte está de su lado y entra una mosca la persigue por todos lados, gruñe, salta, da zarpazos (casi nunca la atrapa) pero en esos momentos se siente un felino peligroso.
Por él y por los gatos que he tenido comparto esta entrada desde el blog de José Julio Pelardo.
“Largo tiempo el gato —así lo cuenta el historiador Michel Pastoureau — ha sido mirado en Europa cómo un animal negativo, un ser secreto, un atributo de fantasmas. Se le han reprochado sus costumbres nocturnas, su independencia, su hipocresía, su pelambrera negra o atigrada. Se creía de él que tenía el poder […]