No sé cuántos años tengo,
pero son los mismo años que llevo
queriendo ser relojera.
Mi viejo y único reloj se detuvo ayer,
al estar en la cola frente al relojero
me entretuve viendo sus diestras manos;
detenía segundos y adelantaba horas
sin embargo, sentí que había detenido el tiempo.
Ya sé porque no soy relojera, soy el reloj.
Soy el tic tac de las doce, la alarma de las seis,
la hora en la que sale el tren del anden
El fuera de hora por olvidar la tarjeta del tren.
El súbito despertar por la pesadilla que me persigue
puntual cuando mi reloj fija las 03:00.
Soy la hora del café; la de antes y la de ahora.
Aun así, deseo ser relojera y manipular mis agujas
dictarme la hora, atrasar el tiempo, vivir la vida
con margen de reloj de arena, sin causa ni efecto.
Elia Santos

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